El piloto de Ducati logra la cuarta victoria del año con el estilo de siempre y se aprovecha de la rotura de motor de Márquez

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A los pilotos como Lorenzo, que le han sufrido desde pequeños, no les sorprende ver ahora cómo gana Andrea Dovizioso. Porque siempre fue un piloto fino, de los que tienen un buen juego de muñeca. Pese a ello, ha sabido adaptarse a la Ducati, una moto que parecía solo apta para salvajes, aprovechar su potencia, y minimizar sus defectos, que cada día son menos visibles; ha aprendido a tirar del freno trasero y a sacar lo mejor de sí a la entrada de las curvas.

Y junto a su rival de infancia, hoy compañero de equipo, ha ayudado a la fábrica de Borgo Panigale a construir una moto estable, que es competitiva por igual en circuitos tan distintos como Montmeló y Spielberg. Como también lo había sido en Mugello y lo fue ayer en Silverstone. Como, además, él siempre fue inteligente, sabio a las buenas y a las menos buenas, ha seguido pilotando como siempre.

Su estrategia es la de cuando era un chaval imberbe: estudiar al rival, conservar neumático, atacar en las últimas curvas y cerrar todas las puertas en las últimas vueltas. Si ve que puede ganar, lo intenta. Pocas temporadas en MotoGP había tenido tan buenas oportunidades como este año.

Si debe luchar por el podio o por un sexto puesto, lo hace, sin perder la cabeza. Lo más importante es sumar. Quizá, por eso, por esa manera tan madura y sensata de entender las carreras no acumula más que cinco victorias en MotoGP (una, el año pasado y las cuatro de este curso); quizá, por eso mismo, ha recuperado el liderato y se presenta como un firme candidato al título. En un campeonato con tantos altibajos no hay nada como la experiencia. Y mantener la calma. Y en eso, no hay nadie como Dovi.